jueves, 11 de mayo de 2017

INFORMACION ACLARATORIA CERTIFICADOS DE PROFESIONALIDAD DE VIGILANCIA VS Y LOS CURSOS DE VIGILANTE DE SEGURIDAD

En este documento elaborado por la academia FyE vienen bien explicadas las diferencias y similitudes de las dos vias de acceso a la habilitación para ejercer la profesión que tenemos actualmente activas.



sábado, 6 de mayo de 2017

Sonríe, imbécil

Sonríe, imbécil

David Herrero García | La Marea | 01/04/2017

Todos hemos escuchado en una cafetería frases como “el camarero es un borde, yo aquí no vuelvo” o “la camarera al menos podía ponernos buena cara que para algo pagamos”, entre otras muchas más. Estos comentarios parecen poner de relieve que en los trabajos de cara al público los trabajadores están obligados a sonreír, sea cual sea su situación personal.

Dicen que cuando uno escribe siempre lo hace contra algo o alguien, yo hoy escribo contra esa opinión dominante que pretende obligar a poner siempre buena cara a aquellos que trabajan de cara al público. Y mi cabreo viene de una situación vivida recientemente en un bar con unos amigos. Tras acabar la primera ronda de cervezas que habíamos pedido, un amigo y yo nos dirigimos a la barra para pedir otra cerveza. Cuando la camarera nos sirve en la mesa en la que estábamos sentados, otro de los amigos le pide una nueva consumición. La camarera vuelve con esta a la mesa y el que faltaba por pedir le dice si le puede traer a él otra, a lo que ella con cierto enfado responde “¿algo más que queráis pedir?”. Esto dio lugar a una pequeña discusión entre mis amigos en la cual todos menos yo estaban de acuerdo en que el tono de la camarera no había sido el adecuado, incluso uno llegó a decir que el sitio estaba muy bien pero se iba a replantear si volver. Para defender sus argumentos sostenían que el bar estaba casi vacío y por tanto la camarera no tenía nada mejor que hacer. La realidad era que estuviese o no vacío el local esta persona había hecho tres viajes en lugar de uno por no haberlo pedido todo a la vez.

A raíz de esto y sin venir mucho a cuento, o tal vez sí, se me vino a la cabeza un chiste que había leído hace un tiempo y respondía a aquellas personas que justifican tirar las cosas al suelo porque así dan trabajo a los que se encargan de la limpieza de las calles o de los distintos establecimientos. El chiste venía a decir algo como que si tú ensucias para dar trabajo a los barrenderos, yo puedo romperte los dientes de un puñetazo para dar trabajo a los dentistas.

Más allá de la anécdota en sí creo que hay un cierto pensamiento dominante que parece exigir a los trabajadores que no solo deben trabajar en condiciones de precariedad sino que además deben hacerlo con buena cara. No solo tienes que aceptar tus cadenas sino que ahora también debes sacarles brillo para que tengan buen aspecto ante los demás. Estos casos no dejan de ser solo unos ejemplos más de la fobia de la sociedad hacia el mundo del trabajo. Lo que a Owen Jones le llevó a escribir La demonización de la clase obrera y a Arantxa Tirado y Ricardo Romero (Nega) recientemente La clase obrera no va al paraíso. En este libro aparece un ejemplo contrario al anterior pero que puede ayudarnos a comprender parte de esta problemática poniéndonos en la piel de quien está al otro lado del mostrador, en este caso centrado en el desencuentro entre la clase obrera y la universidad:
Universidad Pompeu Fabra (UPF), Barcelona, noviembre de 2013. Un joven trabajador de la cafetería nos sirve un cortado y mira de reojo las conversaciones de un grupo de estudiantes universitarias que ríen, con la risa de quienes no tienen muchos problemas en la vida. La mirada muestra curiosidad pero también un leve aire de desprecio hacia quienes seguramente son, para él, niñas pijas que no tienen que estar sirviendo cafés a destajo con su misma edad. Quizá sea un prejuicio del camarero, pero esa mirada expresa, como pocas, el distanciamiento entre clase obrera y mundo universitario”.
Este ejemplo de lo que ocurre en el mundo universitario puede ser extrapolable a muchas de las situaciones que se pueden vivir en cualquier bar o cafetería. A lo largo de la historia la clase obrera ha tenido que soportar todo tipo de trabajos, muchos de ellos de gran dureza e incluso vejatorios. Pero con la proliferación en los países occidentales del sector servicios ha entrado en juego un nuevo elemento y es que ahora no solo debemos vender nuestra fuerza de trabajo sino que además el estado anímico de las personas parece cobrar importancia hasta el punto de que se pueda despedir a trabajadores por no sonreír lo suficiente o por no ser todo lo amables que deberían con los clientes. En el fordismo, la época de producción en cadena, los trabajadores debían ser eficaces en la labor que desempeñaban. Ahora además deben ser amables e incluso deben tener un buen aspecto físico o han de vestir de una determinada forma (no me refiero aquí uniformes sino a seguir según que moda), pero esto último daría como mínimo para otro artículo más.

Quizás lo más preocupante es que este discurso haya calado en personas y sectores de la sociedad que se dicen de izquierdas o progresistas. Nuevamente el neoliberalismo ha conseguido propagar su mensaje hasta lo más profundo de nuestras sociedades mientras que a la izquierda, falta de referentes y modelos claros, le cuesta muchísimo entrar en sintonía con aquellos a los que pretende defender, los trabajadores.

Volviendo al tema en concreto anterior, una explicación posible al porqué de estas conductas es que vivimos en sociedades completamente mercantilizadas y, por tanto, cuando pedimos un café o un menú en un local no somos capaces de ver lo que hay detrás, personas en iguales o peores condiciones que nosotros tratando de ganarse la vida. Si pedimos una cerveza queremos que nos la sirvan lo antes posible y con la mejor de las sonrisas por parte del camarero, sin importarnos si su situación personal es como para sonreír o las horas que lleva trabajando. En definitiva, no vemos personas sino objetos a los que pagamos por un servicio. Como ejercicio de reflexión recomiendo escuchar atentamente Tras la barra de Platero y tú:
Pero los sueños se ven interrumpidos por esa gente que pide todo a gritos. Limpia la barra y aprieta los dientes, al otro lado la gente se divierte. A esa señora no debes replicar, tu educación es algo fundamental. Tras cinco años llegó a la conclusión, siempre el cliente no tiene la razón…”.
El último elemento a analizar es la afirmación que normalmente se hace “para algo pago”. No debemos olvidar que aquellos que realizan trabajos de cara al público casi siempre son trabajadores contratados, no los dueños del negocio. Por tanto cuando pagamos por un servicio no pagamos nada directamente a esos trabajadores.

Marea, el grupo de rock navarro, tituló en 2011 su último álbum En mi hambre mando yo. Pues parece que ya no, sean bienvenidos a este circo de lo absurdo en el que todo está en venta, incluso tu sonrisa.
* David Herrero García es estudiante de Derecho en la Universidad de Oviedo.

lunes, 1 de mayo de 2017

Los retos de la seguridad privada


Los retos de la seguridad privada

Una persona utilizando un ordenador.


   
            

¿Quién iba a pensar mientras escuchamos los hits de Whitney Houston con nuestro walkman que en 2016 los ataques a infraestructuras ascenderían a la friolera de 105.000, el doble que en 2015?
Porque ya nadie usa walkman, aquel mítico aparato de los años 80 era el primer ciberataque, la música de sonaba en aquella cinta era un troyano, que afectó al oleoducto siberiano, desde entonces, 1982 a nuestros días hemos cambiado la manera de escuchar nuestras canciones favoritas, pasando de vinilos, casetes CDs, canciones desde nuestros dispositivos, y la herramienta de hacerlos sonar se ha ido sofisticando, a veces, como una misma, volvemos por nostalgia a viejos aparatos como los tocadiscos con el brazo preparado para hacer sonar nuestro vinilo, porque la calidad musical es diferente a oírla con unos cascos desde un smartphone.

Algo parecido ocurre en la seguridad privada. Hay que saber cuando utilizar aquella gramola que hace sonar la canción seleccionada cuando echamos una moneda de 50 céntimos o cuando es necesario hacer retumbar de sonido con un clic o una palabra estando a km de distancia de la fuente.
El cibercrimen es aquel cantante al que aborrecemos, no podemos oír, pero las emisoras de radio ponen sus baladas una y otra vez da igual en que frecuencia te escondas, está al día, y todas las cadenas musicales lo saben. ¿Qué hacemos? Prevenir, hacer todo lo posible para que aquella canción no llegue a nuestros oídos, eso hacen ellos. Esta modalidad criminal llega a todas las empresas multinacionales, hasta la más cotizada, no hay escapatoria.

¿Qué queda? Hacer frente a ello, con inteligencia, con decisiones acertadas, aplicando más que nunca la famosa frase que dice “estar en el momento justo, en el sitio adecuado” para poder repeler o al menos tener controlados los ataques que se producen todos los días y de los que somos ignorantes a grandes empresas y a aquellos funcionarios de alguna Administración que en su tiempo libre les gusta ir al teatro y leer un libro, todos somos un objetivo, porque es la nueva era, el modelo de delinquir emergente, donde estamos en desventaja, como en otras muchas profesiones a lo que a fechorías se refiere, cuando un traficante de drogas descubre el nuevo método de intentar engañarnos para colar droga por la Aduana, estamos en clara desventaja porque hay que estudiarlo, hay que abarcar distintos modos de trabajar, tener en cuenta las distintas modalidades de drogas, como se ve cada una en el cuerpo humano transformada en radiografía, que contrastes nos dan la pista… Imaginad en un mundo tan desconocido a la vez que usado como lo es Internet y todo lo que lleva consigo.

En Diciembre de 2015 se produce un ataque a Iberdrola, en Ucrania, y deja sin luz a la población Ucraniana. ¿Imaginamos el caos que produce un ataque de estas dimensiones realizado desde un PC? ¿Y si a parte de estar incomunicados, pensamos en que dejamos a todos los Hospitales sin luz, sin comunicar? ¿Hemos pensado en aquel que está conectado a un respirador? No sólo tiene las consecuencias para la empresa, también las tiene para la sociedad, se podría calificar como los atentados de la red.

Lo cierto es que parece que no se es verdaderamente consciente de esto, parece lejano, parece irreal, visto en una película de los años 90 llamada Matrix, y no es así, hay que abrir lo ojos ante esta realidad, muchos de los profesionales de la seguridad privada coinciden, el dinero es aquel problema tan grande que forma un bache casi insuperable por las ruedas de un todoterreno 4x4, no se financia ni se confía lo suficiente para dar todos los recursos alcanzable para evitar ataques, para garantizar hasta el punto que el equipo de la seguridad pueda, la infranqueabilidad de los sistemas, de las entradas, de los robos… Parece innecesario, pero ¿no es ese el objetivo? Prevenir que ocurran delitos desde el ordenador de cualquier habitación a manos de un niño de 16 años, o de un terrorista islámico, o puede que de algún infiltrado en la alguna empresa que tenga un interés supremo de dinero.

La inversión en seguridad privada es enorme, debe ser enorme, sin ella el funcionamiento de una empresa está muerto y sepultado, como Repsol, que cree en la seguridad y por ello lleva a cabo su actividad en países como Libia y Argelia, países de conflicto donde la realidad es muy distinta a España, en Argelia todo se requisa, la seguridad está a cargo del ejército, muchos de las leyes son secretas para el extranjero; en Libia la seguridad está a cargo de milicias, ni hay legislación… Esto es con lo que medían día a día la seguridad privada.

¿Dejan su producción por ello? ¿Dejan de trabajar? No, lo que hacen es hacer uso óptimo de la seguridad y de todos los que la componen. España es pionera en muchos aspectos de la infravalorada seguridad privada que en demás países está calificada con Matrícula de Honor desde el Vigilante hasta los más altos niveles que dirigen, porque como la sanidad, la seguridad, también salva vidas.

Fuente: http://www.elespanol.com/blog_del_suscriptor/opinion/20170426/211548847_7.html

Preguntas de un obrero que lee

Preguntas de un obrero que lee


Bertolt Brecht
¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió siempre a construir?
¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?
La gran Roma está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?
¿Es que Bizancio, la tan cantada, sólo tenía palacios para sus habitantes?
Hasta en la legendaria Atlántida, la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían, gritaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
Felipe de España lloró cuando su flota fue hundida. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años
¿Quién venció además de él?
Cada página una victoria.
¿Quién cocinó el banquete de la victoria?
Cada diez años un gran hombre.
¿Quién pagó los gastos?
Tantas historias.
Tantas preguntas.

Fuente:https://iniciativadebate.org/2017/05/01/preguntas-obrero-lee/

¿Por qué comerse los mocos es bueno?

Respuesta de la UGT a las propuestas de la patronal (Negociación Convenio 2017)



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